Lenguas africanas y creación literaria (fragmentos)

Correo

Texto publicado en la Pista Cultural 42

Bépp làkk rafet na buy ci nit xel ma
Di tudd ci jaam ngor la.
1
Serigne Moussa Kâ


Cada vez que se habla de literatura africana, los nombres que nos vienen a la mente de manera más natural son las de autores como Chinua Achebe de Nigeria, Mia Couto de Mozambique, Kateb Yacine de Argelia o Mongo Beti de Camerún. Esos cuatro novelistas, escogidos al azar, comparten la particularidad de no escribir en ninguna de las lenguas africanas existentes, sino más bien en las de las potencias coloniales: Inglaterra, Portugal y Francia, que hace tiempo mantuvieron a sus países bajo ocupación.

En efecto, en ningún momento encontramos obras escritas por africanos en sus lenguas maternas, ni antes ni después de la colonización. Esa negación de sí, con tanto desparpajo, valida en el ámbito exclusivo de la creación de obras del espíritu, la “teoría de la tabla rasa”. Se sabe que ésta ha sido una de las mayores coartadas de la ocupación extranjera: al ser África una tierra virgen de toda cultura, consagrada desde siempre a una barbarie sangrienta, en nombre de los valores de una cultura superior, se justifica la conquista y la libre disposición de sus recursos naturales y de sus habitantes. ¿Afirmar que nuestra literatura nació del contacto con el colonizador, gracias a su lengua y a sus escuelas, no significa desacreditar la idea de que antes de su llegada estábamos completamente “en el corazón de las tinieblas”? Resulta difícil admitir que un continente que es la cuna de la humanidad haya esperado hasta el año 1925 para expresar sus temores y sus esperanzas a través de las palabras…

Aquí en México, donde el español ha sustituido casi por completo a las lenguas indígenas, algunos podrían preguntarse acerca de la pertinencia de un compromiso de esa naturaleza. ¿Por qué promover las lenguas africanas en la administración política y en la creación literaria? ¿De qué sirve meter siempre el dedo en la llaga? ¿No será mejor aceptar el veredicto de la historia, tan doloroso como pueda ser, y que sea nuestro turno de colonizar a Milton y a Molière? Esas preguntas, planteadas con frecuencia, son importantes, y no por ello dejan de ser extrañas. Los partidarios de la llamada solución “realista” subrayan de inmediato la multiplicidad de lenguas en cada país africano y el riesgo que imponiendo alguna de ellas se ponga en peligro la unidad nacional. En términos más concretos: los luo de Kenia aceptarían de buen agrado, sin violencia, que el Estado keniano oficializara el kikuyu? Resulta fácil adivinar a qué curiosa conclusión se supone que conduce este razonamiento: para preservar la paz civil en el seno de naciones tropicales aún tan frágiles, nada mejor que… ¡el bueno y antiguo Shakespeare! Según los supuestos modernos, obrar en la promoción del bambara, el malinké o el more; escribir una novela en soussou o en mbay, es darle la espalda al progreso y privarse de las inestimables ventajas que ofrecen las lenguas llamadas internacionales. Vista desde América Latina la querella puede parecer anacrónica, pues el problema fue resuelto desde hace mucho tiempo, para o bien o para mal. Pero en el dominio lingüístico más que en ningún otro, la comparación no sirve de ecuación: lo que es válido para Brasil o Venezuela carece de significado en un contexto africano muy diferente. Y no sólo por el hecho, que no se puede negar, de que los españoles conquistaron y luego ocuparon unos países en los que establecieron raíces muy profundas, mezclándose con los pueblos autóctonos. Mientras que en África fue al contrario, franceses, ingleses, belgas y portugueses se contentaron con explotar las riquezas naturales sin contemplar ni siquiera la idea de tener descendencia2.

Dejándose seducir por cuentas y espejos, todo un continente abandonó el desarrollo de sus propias lenguas ---su bien más preciado--- sin ni siquiera haber podido reemplazarlas legítimamente por las de los vencedores. ¿No era esa la manera más segura de estancarse bajo el pretexto de un supuesto acceso a una modernidad de aspecto tan seductor? Puesto que reservada a una minoría, la escuela occidental en África ha sido sobre todo una fábrica de analfabetos3.

En esas condiciones es normal que la distancia entre el escritor y su público continúe haciéndose cada vez más profunda. En el transcurso del tiempo nos hemos dedicado a escribir más para los antiguos maestros al acecho del más mínimo gesto de aprobación, que para nuestros pueblos. Cuando abordamos la literatura en sí misma, los adversarios más “razonables” de las lenguas africanas insisten en su débil impacto potencial. Al escucharlos, no existe un público potencial para una novela en senufo. El argumento parece bien intencionado, cuando en realidad es absolutamente insensato. La historia de todas las literaturas del mundo muestra que siempre han sido los textos los que preceden al público ---a veces varios siglos antes--- y no al revés. En realidad, incluso muchas veces lo crean. Contrariamente a las necedades que escuchamos un poco por todas partes, no existe ningún “comerciante” llamado público que haga un pedido de ficción al escritor y espere la entrega. Muy al contrario, si tiene coraje y talento, un autor siempre será más proclive a decir lo que nadie quiere escuchar que a aceptar sin cuestionarse la opinión de la mayoría. No escribe en pro, sino en contra. Él está resuelto a disentir. Y el proceso por medio del cual las obras o las iniciativas intelectuales audaces terminan imponiéndose es largo, ambiguo y a veces muy doloroso. En otros términos, incluso si la falta de lectores de ficción en nuestras lenguas estuviera comprobada, no sería una primicia; el fenómeno ha sido observado ya, sobre todo en naciones sometidas, y eso no podría ser un impedimento para que las creaciones terminen por imponerse con el tiempo.

En el fondo, para cada uno de nosotros el intercambio más importante tiene lugar entre las palabras de la infancia y uno mismo: hablo de mi lengua materna, pues ella me habla desde siempre, desde la noche de los tiempos. En realidad mi voz es sólo su eco, ella le responde. Y las “palabras de la tribu” son irremplazables, se mueven en lo más profundo del ser y sin desviarse vienen a predicar en el desierto. Las elecciones lingüísticas poco juiciosas sólo han logrado crear una falsa literatura. Las incoherencias, señaladas desde los primeros años de las independencias, hoy son mayores. Pero en vez de aceptar humildemente una revisión desgarradora, la literatura afro-europea prefiere la evasión; casi no se percibe que sus autores estén dispuestos a cuestionarse sobre la validez de haber optado por las lenguas occidentales incluso cuando, literalmente, no riman con nada para ellos. La mayoría las considera como la única solución o, los menos malhumorados, las ven como un mal necesario. Percibidas implícitamente como una marca de modernidad, estas lenguas son consideradas como el lazo que une África con el resto del mundo y que permiten a los africanos comunicarse entre ellos4. Aun cuando también es cierto que, cada vez hay más creadores que admiten, con valor y lucidez, la imposibilidad de expresar todo en la lengua del otro.

A menudo notamos, incluso entre los que se presentan como expertos, una sorprendente tendencia a percibir África como un solo y mismo país en el que todos los acontecimientos deben ser sometidos a un único patrón de interpretación. La misma regla se aplica al dilema lingüístico, aunque con algunas variantes según la zona geográfica o cultural estudiada, e incluso a menudo de un país vecino a otro5. Para empezar, la política colonial de París desde el principio quiso ser resueltamente de asimilación. Con el fin de fabricar “franceses de piel negra”, nunca se puso en duda hacer que los escolares cantaran La Marsellesa o el famoso e inverosímil Nuestros ancestros los galos de cabellos rubios y ojos azules; la geografía que se enseñaba era la del hexágono, así como su historia: Vercingétorix, Aliénor de Aquitania y compañía; los únicos autores incluidos en los programas escolares eran, sospechamos, Clément Marot, Victor Hugo o poetas que hoy han caído en el olvido como Sully Prudhomme y Albert Samain. Los profesores, franceses todos, repetían porfiadamente que gracias a la colonización, se habían construido los caminos, los hospitales y las escuelas sólo para el beneficio de los africanos. En suma, el proyecto educativo no escatimó en mentiras, grandes y deliberadas lagunas en la memoria y falsificación histórica con el fin de lograr sus nefastos objetivos6.

Esta aparente generosidad, a menudo remitida al universalismo humanista del Siglo de las Luces o al hecho de que Francia se vanagloria de ser la patria de los derechos del hombre, en realidad ha sido bastante sospechosa. Ha causado inconmensurables pérdidas: para compartir los beneficios de la cultura francesa con la pequeñísima minoría destinada a apoyar su administración, el colonizador se dedicó a la destrucción sistemática de las culturas autóctonas. La llamada “práctica del símbolo” incluso fue instituida con el objetivo de obligar a cumplir una regla tan devastadora7. Afortunadamente, a pesar de esos esfuerzos, Francia no logró hacer desaparecer las lenguas africanas. Habría sido necesario un sistema universal de escolaridad que ella no tenía los medios para sostener y quizás tampoco la determinación política. Al reservar su lengua a una élite –“los evolucionados” contra los “indígenas”--- ella hizo de ésta un instrumento de descriminación8. No saber hablar francés era considerado una vergüenza –como parece que es el caso en algunos países de América Latina para los que hablan algunas lenguas indígenas--; la gente se avergonzaba de expresarse en wolof, en bambara o en dioula.

Los efectos siguen resintiéndose casi medio siglo después del reconocimiento internacional de la soberanía de nuestros de países. Es importante recordar que esas independencias no fueron el resultado, como en otros lugares, de la lucha de los pueblos, sino de las negociaciones políticas bajo la batuta de los intelectuales “francófonos” profundamente adeptos al estilo de vida que pretendían combatir. Tras la partida ---de hecho teórica--- del colonizador, esos hombres se vieron encargados de los nuevos Estados. Quizás hicieron lo mejor que pudieron pero a veces uno tiene la sensación de que desde el principio optaron por un camino sin salida. Disponiendo de un margen muy pequeño para la maniobra, no se atrevieron a arriesgarse a una revolución cultural deseada por los espíritus clarividentes de la época, Cheikh Anta Diop entre los primeros.

Poco a poco Dakar, Cotonou, Yaundé y Abiyán han dejado de ser los centros de la vida literaria africana en beneficio de París. Después de todo, sin olvidar el marasmo de las editoriales locales, es en Francia donde un tongolés o un guineano tienen más oportunidades de ser publicado. Pero mientras que un puñado de autores se da aires a orillas del Sena, sin realmente ser tomados en serio más allá, la creación literaria en francés marca el paso en casi todos sus países. Hemos atravesado el umbral de las ambigüedades, siendo respetuosos, de la literatura afro-europea, a algo aún más banal y entristecedor: la literatura negro-parisina. Casi no hay nada que decir sobre esas novelas que muestran, para la satisfacción de los lectores occidentales, un África poblada de caníbales y donde casi todo el mundo es imbécil o alcohólico hasta el último escalafón de la miseria y la degradación moral. Parece que en occidente no hay otra manera de cautivar la atención del público y de los grandes medios de comunicación y en consecuencia, “vender”, como se dice.

Daría risa si el tema no fuera tan grave: la imagen negativa que tiene África en el resto del mundo se debe en gran medida a esos libros increíblemente superficiales. También son el abrevadero de los antinegros y antiárabes que se escudan en esas obras cuando se les acusa de racismo.

Es de temer que, a pesar de todos los esfuerzos para disimularlo, el mal irá agravándose. Obstinarse en hacer ficción en una lengua casi inaccesible a la gran mayoría de los africanos es de una aberración sin límites. Una situación como esa suscita una pregunta estética fundamental: ¿qué puede pasar por la cabeza de un autor que trabaja con palabras que nunca escucha y que ni siquiera salen de su boca? Para tener una idea del problema, basta con imaginar un México en donde la población hablara náhuatl ¡y las novelas y la poesía se escribieran en español! La obra concebida en esas condiciones está privada de una inusitada riqueza sonora, de una tensión ---que puede transformarse en pacto--- entre una palabra viva y los términos fríos y un poco rígidos del diccionario. Esa ausencia de naturalidad, de la que se quejan a menudo, de la literatura africana en francés quizás ahí encuentra su explicación.

Una cierta exageración mediática no consigue hacer que se olvide la falta cuantitativa y cualitativa de su producción en francés. Gracias a ese relativo declive, los espacios se han liberado un poco para los militantes de las lenguas nacionales. En ese terreno, dos casas editoriales, la Osad y Papyrus están jugando un papel fundamental.

El renovado vigor de esta literatura realmente nacional ha permitido desmontar muchas ideas preconcebidas. Se reveló que el uso del francés ha sido para muchos autores senegaleses el último recurso y no una elección por gusto. Muchas veces los escritores se han visto obligados a usarlo porque era la única posibilidad que se les brindaba.

Durante mucho tiempo en África la rueda de la Historia ha parecido girar a favor de aquello que Ngugi wa Thiong’o llamó, ya lo hemos visto, literatura “afro-europea”. Sin embargo, desde hace algunos años percibimos que se está esbozando una nueva dinámica, incluso si los partidarios del inglés y del francés siguen siendo una gran mayoría: cada vez muchos más reaccionan a favor de la crisis de nuestra literatura y en contra del modelo lingüístico dominante. El debate suscitado nos recuerda la visión estratégica de Cheikh Anta Diop: juzgados en una perspectiva histórica, las novelas y los poemas escritos por autores africanos en inglés, francés y portugués forman parte, sin importar su valor literario, de una literatura de transición.

Aquellos que conocieron bien a Cheikh Anta Diop saben que fue un hombre mesurado y sereno. Así que, mucho antes de que se planteara la pregunta del célebre novelista keniano Ngugi, sin elevar el tono de voz y con una gran distancia científica, Anta Diop respondió: “Las obras escritas por africanos en lenguas extranjeras constituyen una etapa previa dentro del recorrido literario en el que nuestras propias palabras, impacientes de tener su propia voz, al final serán dichas; aunque hasta ahora por un destino adverso se nos hayan quedado bloqueadas en lo más profundo de la garganta, tarde o temprano nuestra palabra verá la luz”.

Pues al final, el que escriba de último escribirá mejor…

 

 

Traducción del francés María Virginia Jaua.

 

1 Toda lengua es bella en tanto que amplía el horizonte intelectual del ser humano y restituye al esclavo el gusto por la libertad.

2 Dejaremos de lado el caso de África del Sur, de Zimbawe y Namibia así como el caso de Argelia al que algunos quisieron convertir en una provincia francesa: un sueño absurdo convertido en la pesadilla que todos conocemos. El caso de Liberia, en donde los esclavos africanos-americanos libertos, de donde proviene el nombre, regresaron a instalarse, es aún más excepcional.

3 Algunos dicen estar impresionados por el hecho de que el africano sea políglota por naturaleza. El comentario es interesante aunque quizás un poco exagerado. En realidad se trata de un falso plurilingüismo en la medida en que el dominio del hablante africano de cada una de sus lenguas es a menudo mediocre, rara vez se traduce en algún tipo de intimidad literaria. Por ejemplo, el senegalés medio educado, lee el francés pero no el pulaar o el wolof. A final de cuentas no profundiza en ninguna de sus adquisiciones. Los especialistas se refieren con más frecuencia a individuos semilingües para describir esa oscilación.

 

4 Resulta desgarrador ver a nuestros intelectuales evidenciar con tanta ingenuidad los “aspectos positivos de a colonización”: ¡si los europeos no hubieran invadido el continente, nosotros no podríamos ni siquiera hablar de una parte de la sabana a otra! Y sin duda nuestras guerras tribales serían todavía peores. Uno se queda sin saber qué responder a afirmaciones de tal indolencia.

5 En ese terreno preciso, la situación de África del norte es única y debe ser estudiada aparte.

6 Cuando el 26 de julio de 2007, el presidente Nicholas Sarkozy pronunció su controversial discurso en Dakar, retomó casi palabra por palabra las mismas necedades que creíamos ya superadas. Sin embargo, no debería sorprendernos: Sarkozy es el jefe de Estado de un país en el que el Parlamento votó, el 23 de febrero de 2005, una ley un poco extraña acerca de “los aspectos positivos de la colonización”.

 

7 El equivalente a las orejas de burro. El maestro obligaba a ponerse ese símbolo degradante ---un pequeño pedazo de madera, por ejemplo--- a todo aquel alumno que fuera sorprendido hablando su lengua materna. Luego el culpable se encargaba de colgarle el símbolo a alguno de sus camaradas sorprendido en falta. Al final del día, el último en tenerlo alrededor del cuello era castigado severamente.

8 En el vocabulario de los franceses de la colonia, el término “indígenas” era sinónimo de “salvajes”.

 

 
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